martes, agosto 26

Cuarenta




La última vez que cambié de década, desperté con una tremenda sonrisa en la boca, feliz de la vida. Hoy no siento esa misma alegría y la echo de menos. Hoy no sé qué siento. Será que me estoy haciendo mayor...

De todos modos, me deseo un cumpleaños muy feliz, me regalo una flor, y sobre todo espero que se cumplan los presagios de todas las mujeres de más de 40 que me han asegurado que ahora empieza lo mejor de la vida.

lunes, agosto 25

De osos y salmones



"Salmón ahumado"
Aniak, Alaska
Julio 2007


David es como mi telediario particular, siempre dándome las noticias más punteras del pueblo. El otro día me llamó a media tarde. "Oye, que no salgas de casa que hay un oso negro en el ahumadero de la casa de Tamara." Tamara vive a unos cien metros de nosotros... como para salir una vuelta, vamos. Aprovechando que Naím dormía la siesta, me quedé en casa obedientemente, esperando a oir más noticias, y esperando también que al oso no se le ocurriese venirse a zampar las raspas que aún colgaban de nuestro ahumadero, una vez hubiese terminado con el salmón de Tamara. Al rato, lo que oi fueron dos disparos, pero del oso nunca más se supo.

En esta época del año, los ahumaderos son una fuente de olor irresistible para los osos. De hecho fue lo primero que noté cuando regresé de mi viaje a España y eso que no soy osa. Tanto mi marido como mi casa entera olían a salmón ahumado. Es un olor que a mí me gusta mucho, pero vamos, no tanto como para llevármelo a la cama.

El salmón es el protagonista indiscutible del verano en Alaska. Salmones enormes que suben río arriba para ir a desovar y morir en el mismísimo río que los vió nacer. Y anda que no hay ríos por aquí, como para perderse en el intento. Pero no, no se pierden. Una de esas curiosidades fascinantes de la naturaleza.

Mientras estuve en España, David se dedicó a pescar con red con unos amigos y a hacer la parte más pesada del proceso de ahumado, incluyendo el terminar el ahumadero que estaba a medias antes de irme. Pescar con red significa que tiras la red una vez y te subes de golpe unos cuarenta salmones, así tan tranquilamente. Evidentemente, esto sólo se permite a los residentes que hacemos economía de subsistencia. El resto, con caña y de uno en uno.

Dos de mis amigas del pueblo, con muchos años de experiencia en el fileteado y ahumado del salmón, vinieron a ayudarle esos días y de paso enseñarle el método más tradicional de prepararlo. Cortar los filetes en tiras de un par de centímetros de grosor, marinarlos en salmuera durante un rato, colgarlas de palos colocados cerca del techo del ahumadero, y dejarlos ahumar unos diez días. El resultado, indiscutiblemente riquísimo. Y como siempre, no se desaprovecha nada. Incluso las raspas se ahuman para dárselas luego a los perros durante el invierno.


Estos días, en cambio, la que no para de pescar soy yo. Me agarro a Naím y mientras él tira piedras al río y se divierte ayudándome a pescar, yo voy haciéndome con gran parte de nuestra reserva invernal de proteína. Y es que la pescadería de la que disfruto es algo tan excepcional que apetece ir todos los días, incluso si llueve a chuzos. Lo de "ir a por el pescado" se ha convertido en una de mis aficciones favoritas. Y no se me da nada mal, todo sea dicho. Volver a casa cada día cargada con cuatro o cinco salmones enormes es toda una experiencia. Y cuando digo enormes, me refiero a peces que pesan entre cinco y ocho kilos y miden entre sesenta y ochenta centímetros de largo. Vamos, que las sardinas ahora mismo me parecen microscópicas.

Parte de este salmón lo estuvimos ahumando un par de días y luego lo envasamos en botes de cristal. Temo que nos hemos quedado un poco cortos, pero habrá que estirar lo que hay. El resto, lo he ido fileteando y envasando al vacío. Algunos salmones más pequeños los congelamos enteros, la mayoría van fileteados, y los de mejor calidad, cortados en trozos más pequeños para hacer sushi. Vamos, que el congelador industrial que tenemos está ya a puntito de reventar.

Tengo una sensación como un tanto salvaje dentro, que supongo vendrá dada por el hecho de estar matando para comer. Y estar haciéndolo sola y a diario. Confieso que me gusta la sensación. De algún modo, me hace sentir fuerte, y aquí y ahora, esa fuerza es bienvenida.