
Dentro de lo malo, tuvimos muchísima suerte. La inundación podía haber durado varios días. O podía haber subido el agua hasta el tejado y hubiéramos tenido que ser evacuados. O el hielo pudo haber sido empujado más cerca del pueblo aplastando casas a su paso. En otros pueblos no tuvieron tanta suerte como nosotros. Las inundaciones han sido generalizadas en toda la cuenca de los ríos Yukon y Kuskokwim, por la mezcla de invierno con mucha nieve y altas temperaturas repentinas, que ya mencioné anteriormente.
El domingo pasamos toda la tarde en el dique, viendo el hielo moverse. Realmente no se movió mucho. De las seis o siete horas que pasamos allí, sólo lo vimos moverse durante unos diez minutos. Y es que el río es así, caprichoso, haciéndose de rogar. Nos fuimos de allí pensando que igual lográbamos pasar una noche más sin que se rompiera. Nuestro amigo Mike incluso pensaba pasar la noche acampado en el dique. El río parecía demasiado sólido como para romperse ya, y el nivel estaba muy bajo, como a unos diez o doce metros de la parte alta del dique.
A eso de la medianoche, recibimos la primera llamada: "Acaba de empezar. Está entrado agua por detrás del pueblo por un par de sitios. Como en media hora tendrás el agua en tu casa." Y seguidamente dos o tres llamadas más, de amigos que llamaban con diversas recomendaciones, consciente de que esta sería nuestra primera inundación. Estábamos preparados.
Los perros habían comenzado a aullar como locos hacía rato, sabiendo, con ese instinto que ya sólo conservan los animales, que algo se avecinaba. Sus aullidos se hacían más ensordecedores cada minuto que pasaba. Tenemos un par de vecinos con equipos de trineo, y quince o veinte perros cada uno. Suelen tener los perros alejados de las casas, pero estos días los traen cerca, a terreno más elevado. Añádele a los cuarenta perros vecinos, otros tantos de las casas más alejadas, y tenemos como resultado una increíble y casi tétrica algarabía.
El agua fue lo siguiente en oirse. Primero con un rugido apagado que iba acercándose poco a poco, hasta que empezó a dar la sensación de que teníamos un río furioso al lado de casa. Y así era. Lentamente empezamos a ver el agua llenar los puntos más bajos del terreno. La luna nos permitía bastante visibilidad. El agua entraba con una fuerza tremenda y se formaba una riada desde el terreno vecino que está algo más alto que el nuestro.
Yo estuve de guardia la primera parte de la noche y como a la una o las dos de la mañana, David tomó el relevo. El teléfono sonaba cada par de horas para avisarnos de que estaban a punto de cortar la luz. Los perros seguían aullando. La riada seguía su recorrido impasible. Fue imposible dormir esa noche.
A la mañana siguiente amanecimos rodeados por un lago. El agua estaba en el primer escalón del porche, y la riada continuaba su implacable camino. Empezaban a aventurarse vecinos a la calle, para ver qué estaba el agua haciendo en otras partes del pueblo. También salimos nosotros, para ver que en la carretera principal era imposible ir hacia la izquierda porque de ahí venía nuestra riada y a la derecha sólo se podía ir en barco.
Así que nos liamos la barca a la cabeza, literalmente. Fuimos a buscar nuestra estupenda barquita hinchable y nos aventuramos sobre el lago que se había formado entre nuestra casa y la estación de bomberos. Dejamos la barca la otro lado y continuamos por los charcos hasta que encontramos a Mike que venía en camioneta a inspeccionar nuestro lado del pueblo. Fuimos hasta su casa de nuevo, que está al lado del dique y allí nos quedamos estupefactos con el espectáculo que ofrecía el río. El amasijo de hielo que anoche se había quedado doce metros más abajo, estaba ahora a menos de un metro de la cima del dique, y en algunos lugares lo había sobrepasado.
Imaginar la energía tan salvaje que estaba siendo milagrosamente contenida por ese dique que ahora parecía tan frágil daba vértigo. Como cuando miras las estrellas y te sientes tan poquita cosa, tan chiquito. Igual. Una impotencia increíble y una conciencia inmensa de nuestra extraordinaria fragilidad como seres humanos. Realmente somos como hormiguitas.
Los rumores seguían corriendo por el pueblo de que la inundacion no había hecho más que empezar. Que si el dique de hielo que obturaba el agua río abajo no se deshacía milagrosamente, el agua subiría otros tantos metros y nos encontraríamos, como los de Red Devil, Crooked Creek, o Sleetmute, con el agua hasta los tejados. Hasta los descreídos silenciosamente rezábamos para que ocurriese el milagro.
Volvimos a casa, deshaciendo nuestro camino. Parte en coche, parte andando y parte en barca, disfrutando del sol y procurando pensar en que las cosas no irían a peor.
A eso de las tres de la tarde, el agua volvió a acelerarse en nuestra riada particular, y en cuestión de minutos subio casi medio palmo. Hasta ahí había logrado mantener la calma y no sentirme particularmente asustada. Pero cuando ví el agua subir de nuevo sí sentí miedo. Llevábamos ya muchas horas sin dormir y en tensión. El miedo no añadía nada agradable a la mezcla.
Pero duró poco, porque cuando menos lo esperaba, llegó la llamada más esperada. "Creo que lo peor ya ha pasado." Mi jefe me explicó que el dique de hielo se había soltado y que el río ya fluía libre delante de su casa. Los trozos que bajaban río abajo eran tan grandes y bajaban tan rápido que estaba casi seguro de que destrozarían cualquier otro dique que se formase más adelante.
Y con la misma, el agua que no paraba de subir, empezó a bajar. Poco a poco, sin grandes aspavientos, la riada pedía fuerza. Los destrozos a la carretera empezaron a ser patentes. Media carretera había sido lavada hacia nuestra huerta. Salimos a dar un paseo antes de cenar, a ver como se iba yendo el agua. Los bloques de hielo que habían sido traídos hasta el medio del pueblo eran enormes. Imposible no sentirse agradecidos por no haber sido aplastados como bichos por la fuerza de ese río y sus hielos. Imposible no sentirse ligera después de tantas horas de tensión y espera.
Durante el paseo, tuvimos un inesperado encuentro. Los primeros mosquitos ya han llegado. Y con toda esta agua estancada, nos espera una buena invasión. Y es que nadie dijo que la vida en Alaska fuese cómoda.
PD: Si alguien quiere ver más fotos, están en mi página de Facebook. Y gracias por los pensamientos positivos que habéis enviado hacia este lado del mundo. seguramente ayudaron al milagro. Aunque muchos otros, como dije, no tuvieron tanta suerte.
martes, mayo 5
Ya pasó...
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28
conxuros, con o sin queimada
domingo, mayo 3
Ya está aquí...
Estamos a la espera... Como todos los años, el deshielo es la época que despierta más inquietudes. Y este año la cosa no pinta demasiado bien.
Uno de los pueblos río arriba ha sido ya evacuado esta mañana. La pista del aeropuerto ha quedado bajo el agua y el colegio tiene un metro de agua en los pasillos. Han salido helicópteros del ejército a por la gente y en cualquier momento aterrizarán en Aniak, donde se ha montado un refugio de emergencia en el instituto, que es donde el terreno es más alto de todo el pueblo.
Un par de cosas hacen que este año sea particularmente peligroso. Por un lado la cantidad tremenda de nieve que ha caído este invierno. Siete messes sin ver el suelo bajo mis pies, todo cubierto con un manto blanco de al menos un metro de espesor. Dicen los que llevan aquí toda la vida que en los ultimos quince o veinte años no habian visto caer tanta nieve.
Por otro lado, desde hace unos dos o tres días se nos ha plantado encima un anticiclón que nos ha traído una calorina tremenda para esta época del año. Todo es relativo, claro, pero 10 o 15 grados cuando hace dos semanas estábamos a 10 o 15 bajo cero son muchos grados. Dicen los expertos que esto no es bueno porque al hielo no le da tiempo a desmenuzarse bien antes de romperse, con lo cual se rompe en grandes bloques que tienen muchas posibilidades de quedase apelotonados río abajo creando un dique. Esto es justo lo que ha ocurrido esta noche en Red Devil.
Si llega el agua al pueblo es muy probable que nos quedemos sin luz eléctrica, y por tanto sin internet, sin teléfono, sin agua corriente, y sin calefacción. En casa ya tenemos agua potable y provisiones acumuladas, por si no podemos salir en unos días. El kayak atado al porche, y todo bien en alto por si acaso. En el peor de los casos nos evacuarán quién sabe a donde. Esperemos que no llegue a tanto la cosa.
De momento ya tenemos aquí a los del servicio federal de emergencias y helicópteros listos por si hacen falta para evacuar otros pueblos o a nosotros.
Cruzo los dedos para que la cosa no sea tan mala como se pinta. Cruzadlos conmigo, ¿sí?
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24
conxuros, con o sin queimada
domingo, abril 12
Viajando por Alaska

Hay un viaje que recomiendo a todo aquel aventurero que ose pisar suelo alaskeño durante los meses de invierno. O primavera, que para cuestiones de fríos viene a ser lo mismo, pero con un bastante más luz. Llevábamos ya un tiempo queriendo hacer este recorrido, y la visita de mis suegros finalmente logró que hiciéramos un hueco en nuestra vida diaria y nos tomásemos una semanita de vacaciones para conocer Alaska más allá de nuestra tundra.
El primer destino fue Fairbanks, una de las tres "ciudades" de Alaska, la que está más al norte. No llega a estar dentro del círculo polar ártico, pero le falta poco. Si entrecomillo la palabra ciudad, es porque más que una ciudad, Fairbanks en realidad es un pueblo grande. Las casas y los negocios están muy espaciados, con lo cual de extensión es amplia, pero con una población de tan solo unos 30,000 habitantes. Tiene una Universidad bastante buena desde donde hay, indiscutiblemente, las mejores vistas de la ciudad. Hacia el sur hay una impresionante cordillera de montañas que en pleno invierno ha de ofrecer unos espectáculos increíbles de amaneceres tardíos que se transforman en atardeceres tempranos, como sólo se pueden ver en estas latitudes.
Después de pasar un par de días en Fairbanks, cogimos carretera y manta y nos fuimos como a una hora de viaje, a un hotel que hay perdido de la mano de dios lejos de toda civilización. El hotelito en sí tiene básicamente dos atractivos tremendos. El primero es un lago de aguas termales. Y os aseguro que cuando fuera hacen a 20 grados bajo cero, bañarse en un lago caliente es toda una experiencia. Desde el inevitable paseíllo al aire libre en bañador, hasta el pelo congelado por el vapor de las aguas en contacto con el aire tan frío, pasando por el gustazo de salir al frío cuando tienes el cuerpo recocido del agua caliente. No tiene desperdicio.
El segundo atractivo, es sin duda alguna, las auroras boreales que en esas latitudes se ven muy a menudo. De tres noches que pasamos en el hotel, las vimos dos. La primera noche simplemente estaba nublado. Para describirlas no hay palabras, así que ahí va una imágen.
La segunda parte de la aventura fue un viaje en tren desde Fairbanks a Anchorage. Doce horas de impresionantes paisajes helados que pasaron volando. Montañas, ríos, valles, más montañas, más ríos, más valles... Cada recodo era un mundo singular. Y en el cielo, ni una sola nube, lo que nos permitió disfrutar de los paisajes hasta donde alcanzaba la vista.
Ojalá hubiesen sido más días, se nos hizo muy cortito a todos. Pero aún así, el viaje fue de esos que con el tiempo se vuelven totalmente inolvidables. Lo dicho, si alguien se anima, yo hasta os acompaño, que no me importaría nada repetirlo.
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27
conxuros, con o sin queimada
miércoles, febrero 25
Cuatro historias
Hace un par de meses, tuve el privilegio de entrar en casi todas las casas de este pueblo, con la excusa de hacer unas preguntas acerca de sus hábitos de pesca de subsistencia. Desde entonces, estoy fascinada con sus habitantes, con sus historias... Estas cuatro historias podrían tener lugar en Aniak, o en China, o en España.
Con cada historia nueva que conozco, simplemente confirmo que los humanos, por muchas fronteras que pretendamos construir y por mucho que queramos ser únicos e insustituibles, somos en realidad más parecidos que diferentes. Sea donde sea.
*
Su casa era minimalista, como él. También era sucia, oscura y de paredes desconchadas. Una mesa y dos sillas medio rotas ocupaban el centro de la estancia. En un rincón, un cajón de madera con la tele encima y un sillón desvencijado. Las ventanas cubiertas con trapos que apenas dejaban pasar la luz. Un bombilla desnuda ofrecía una iluminación muy tenue para un escenario ya de por sí sombrío. El es igual de sombrío. El tono grisáceo de la casa se le había contagiado... o viceversa. Con estas cosas nunca se sabe quién fue primero, si el huevo o la gallina. La soledad se respira densamente aquí dentro. Soledad gris, soledad resignada. Sin duda, es vieja compañera.
* *
Era imposible avanzar más de medio metro en esta casa. Una barrera de botas de diversas tallas era lo primero que sale al paso. La mesa a la derecha no invita a nada y menos a sentarse. Las sillas desbordadas de ropa de todos los colores. La mesa invisible bajo un caos de vasos, platos, cubiertos, ceniceros, papeles, y más ropa. Por el suelo aún más ropa. Me pregunto que hay en los armarios, si es que hay armarios en la casa. También hay revistas, latas de cerveza, pedazos de pizza... Imposible avanzar, no hay donde poner los pies. Dos perros histéricos intentan olisquear al visitante. Tal vez hubo fiesta aquí anoche. O tal vez, como decía aquella pegatina que encontré hace un cuarto de siglo por ahí y que mi amiga Cuqui aún conserva en su cocina, esta chica también diría aquello de que "My only domestic quality is that I live in a house."
* * *
Cada pared y cada rincón de esa casa parecían sacadas directamente de la sección de decoración del todo a 100 más perralleiro que sea posible imaginar. Eso sí, a la Alaskeña, lo que incluye una cantidad desorbitada de ornamentos de todo tipo con motivos de alces y osos. Si esa casa estuviese en España, seguro que habría una bailaora de flamenco encima de la tele, si no dos. Una anciana malencarada ocupa un sillón mientras sus tres nietas adolescentes se desparraman por el sofá. Se siente la cercanía y la familiaridad de las 4 mujeres y a la vez es patente el abismo y la diferencia generacional que las separa.
* * * *
Se oyó un grito lejano: "Entra." La mujer apenas puede moverse del sillón. Una reciente enfermedad la ha dejado postrada unas semanas. Detrás de ella, su hija menor se esconde arropada entre las mantas del sofá. A duras penas tiene fuerzaas para hablar. Parece triste y muy cansada. Entra su marido brevemente y la tensión en la casa se dispara. Sin una palabra malsonante, ni más alta que otra. Simplemente se siente. Ella habla sin parar de su enfermedad. Pienso que ha de ser muy difícil no hablar de algo que se cuela en tu vida y toma posesión de cada momento y cada rincón. Cada sensación teñida siempre de dolor... omnipresente, eterno. Él sale silenciosamente de la casa, como huyendo. A veces el dolor es el único compañero fiel.
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conxuros, con o sin queimada
lunes, enero 26
Andan cerca los lobos

Todo empezó el sábado pasado, durante una mañana típicamente perezosa de invierno. Naím jugaba tras las cortinas, cuando de pronto salió corriendo mientras gritaba: "Mami, mami, un muuuuusssss!!!" Moose es alce, en inglés. Y como este niño ahora usa dos idiomas, pues los mezcla como quiere con mucho salero.
Al descorrer la cortina, ahí estaba, a menos de tres metros de la ventana del salón, mascando tranquilamente las ramas de los sauces del jardín. Al percibir el revuelo que había despertado en nuestra familia, el alce nos miró y lentamente se internó en el bosque sin decir ni mús.
Al día siguiente, otro alce se paseaba lentamente por el cruce de al lado de casa. Se dió unas buenas vueltas calle arriba y calle abajo, decidiéndose esta vez por los sauces de la vecina. La verdad, yo también elegiría los suyos. Tienen mucha mejor pinta que los nuestros. Las ramas de sauce son su manjar preferido y por lo que cuentan son además una buena aspirina natural. Este alce se pasó toda la tarde de casa de la vecina a la nuestra y vuelta para atrás. Sobra decir que con alces merodeando por el jardín, mejor quedarse dentro de casa a buen recaudo, que dicen que tienen muy mala leche. Y yo, con ese tamaño que se gastan, prefiero no comprobarlo, la verdad.
Los días siguientes siguieron trayendo alces y más alces. Uno cruzando la carretera, dos tumbados en la nieve en el jardín de atrás rumiando tranquilamente, otra con su bebé cruzando el río, otro más medio despistado en medio de la pista de aterrizaje del aeropuerto, cuatro de charla en el aparcamiento de la clínica...
Dicen que siempre que aparecen alces como ahora, es que andan los lobos alterados y vienen a refugiarse en el único sitio donde saben que no corren peligro: el medio del pueblo. En esta zona, a un alce no le van a disparar en esta época del año a no ser que alguien corra verdadero peligro. A un lobo, en cambio, cualquiera le metería un tiro sin dudarlo ni un segundo.
También puede ser que este año los veo más porque simplemente los sé ver mejor. Sé que el anõ pasado se me escaparon varios porque todavía no los sabía ver. Y mira que son grandes.
Pero tambien puede ser que, como cree la tradición Yup'ik, este invierno soy mejor persona y estoy más en paz conmigo misma que hace un año, y por ello los alces permiten que yo los vea.
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conxuros, con o sin queimada
martes, enero 13
Aquí hay gato encerrado
Hoy finalmente hemos recuperado del todo nuestra preciosa casita. Figurativamente, pero así se siente. No es que nos hayamos ido a alguna parte, todo lo contrario. Cuarenta y cinco bajo cero no dan para mucho salir. Pero hemos recuperado un espacio perdido hace diez días y sobre todo, lo más importante, hemos recuperado el fuego.
Dos días antes de Nochebuena tuvimos un incendio en el tiro de la chimenea. Según el bueno de Pedro, el jefe del cuerpo de bomberos del pueblo, lo nuestro fue un caso típico. Nuestro tiro sale del lado de la casa, justo encima del tejadito de la entrada, se extiende como medio metro hacia delante y gira hacia arriba. Ese recodo es el punto perfecto para la acumulación de la creosota residual. Y deshollinar, deshollinamos. Vive dios que deshollinamos regularmente. Pero la nieve acumulada en el tejadillo enfría el tiro en cuanto sale, de manera que los residuos se solidifican y arden muy fácilmente. Y ardieron, vaya si ardieron.
Nos llamó una vecina como a las siete de la tarde: "Te salen llamas de la chimenea." Tardé unos segundos en enterder qué era lo que estaba realmente queriéndome decir. Y de repente todo eran prisas. !Llama a los bomberos! !Busca el extintor! David corrió, extintor en mano, al piso de arriba, y salió en zapatillas por la ventana al tejado nevado. Salían unas llamaradas de la chimenea que daba gusto verlas. En cinco minutos teníamos la casa llena de gente. Todo el equipo de bomberos del que ya hablé una vez, los Dragon Slayers, hicieron su aparición trayendo un extintor para enfríar el tiro que a estas alturas, ya sin llamas, estaba aún al rojo vivo. Quedó para el arrastre, agujereado e inservible. Nosotros, en cambio, agradecidos, aliviados y felices de que todo se hubiese quedado en un susto. Si no llega a darse cuenta la vecina a tiempo, podríamos habernos enterado cuando hubeise empezase a arder el cuarto pequeño, el del niño. Y por ahí, la historia hubiera tomado un cariz mucho más dramático.
Decidimos dejar de usar la estufa de leña hasta que hubiéramos reparado el tiro. No nos quedó más remedio que empezar a tirar de la estufa de gasóleo, cosa que evitamos hacer en la medida de lo posible. En estas tierras, en pleno invierno polar, por muy moderada que pretendas mantener la temperatura de la casa, al menos has de evitar que se congelen las cañerías. Para eso, y si no te calientas con leña, no queda más remedio que mantener la estufa encendida 24 horas al día: consumiendo gasóleo, chupando electricidad y por ende consumiendo más gasóleo, y echando humos, muchos humos. No es difícil imaginar que la energía cambió en la casa totalmente.
Llegó la Nochebuena y con ella una nevada de medio metro que auguraba unas temperaturas decentes para las fiestas. Pero no, no era más que uno de tantos vaciles meteorológicos, porque a los dos días los termómetros dieron un bajón casi tan estrepitoso como la economía mundial en estos meses. De un día para otro, nos despertamos a 38 bajo cero y sin agua fría en la casa. Curiosamente sí había agua caliente, lo que nos hizo pensar que en algún lugar por allá detrás de la bañera, la cañería del agua fría se había congelado. No era raro, porque cada charquito que Naím había dejado en el suelo del baño la noche anterior estaba convertido en una pista de patinaje para mosquitos. Con la ayuda de la calefacción, una estufa eléctrica, y la ducha caliente a todo meter, logramos reproducir la atmósfera de una selva tropical en plena estación húmeda dentro de nuestro cuarto de baño. Después de casi siete horas, logramos por fin descongelar la cañería.
Las temperaturas continuaron de esta guisa, llegando a 45 bajo cero. Con esos fríos, no enciendía el quad, ni tampoco la camioneta que nos dejaron hace unos días. La moto de nieve sí encendió, previo calentamiento de hora y media con un secador de pelo colocado estratégicamente debajo de una manta. Tecnología punta. La oficina de David se congeló, así que se trajo los bártulos a casa y montó su despacho en la habitación. La guardería también se congeló. Randi salía a haer sus necesidades en 0'5 secundos exactamente. Y la Tola, ya en Octubre cuando cayó la primera nevada, había dicho que la avisáramos en Mayo cuando pudiese volver a salir a cazar ratones. Yo, por mi parte, decidí que era el momento ideal para agarrarme una generosa amigdalitis.
El frío se colaba por la puerta de la cocina de una manera que ponía los pelos de punta. Así que para no andar por ahí con los pelos disparados, le colocamos una mantita a la puerta. Así pretendíamos frenar un poco a un tal Gelator, dios del frío, que incansable embestía contra la casa, colándose sin permiso por cualquier rendija. A pesar de todos nuestros esfuerzos, la temperatura abajo, cerca de la puerta de la cocina no subía de un par de grados o tres. En el resto de la planta baja como mucho, lográbamos unos diez. Aunque eso realmente dependía de la altura de cada quien. David disfrutaba de unos grados más que yo, y los dos de bastates más que Naím, que el pobre, con dos años, aún es un poco bajito. Agua que caía en el suelo, agua que al rato estaba congelada. No daban muchas ganas de ir descalza, la verdad. Arriba en cambio, en camiseta de tirantes y pantalón corto porque rozábamos los 30 grados. Y eso que hay un ventilador instalado que supuestamente chupa aire de arriba y lo manda por un tubo al piso de abajo. Pamplinas. Lo mismo podríamos haber tenido un abanico, para lo que nos sirvió.
Totalmente concienciados y preparados para pasar unos días sin salir de casa, montamos el campamento base en los 26 metros cuadrados del piso de arriba. Bajábamos a cocinar y al baño. Tres personas de una misma familia encerradas durante casi diez días en un espacio tan pequeño puede ser toda una experiencia. Podría esperarse cualquier cosa de una situación que a simple vista incluso yo juzgaría como claustrofóbica. Sorprendentemente, y lo digo con una sonrisa en el alma de oreja a oreja, fue una experiencia preciosa.
Hoy finalmente llegó el nuevo tiro de la chimenea, y con él un subidón del mercurio de más de 20 grados. Parar de una vez la estufa de gasóleo, volver a encender fuego y recuperar la planta baja de la casa, ha sido como recuperar un espacio perdido y a la vez darse cuenta de que no habías tenido ni tiempo de echarlo de menos. Supongo que estas cosas pasan cuando uno se centra en vivir y disfrutar el presente, independientemente de las circunstancias.
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martes, diciembre 16
Un pez, dos peces, tres peces...
El sábado anduve por el "centro" paseando entre las casas. Hacía un día precioso, de esos despejados y con la luz irreal que tiene aquí el invierno. Frío, pero de ese frío que se aguanta perfectamente. Eso sí, la tinta del boli se me congelaba a cada rato, con lo que aprendí que la próxima vez, mejor con lápiz. La mina no se congela. Iba buscando víctimas indefensas a las que hacerles mil y una preguntas sobre los resultados de su pesca de subsistencia este verano. En realidad no hago más que contar peces en un papel y no tardo demasiado en hacer el cuestionario. Es un trabajillo temporal de un par de semanas, pero me pagan estupendamente y sobre todo me da la oportunidad de ir conociendo uno a uno a casi toda la gente del pueblo.
El andar de casa en casa me está resultando interesantísimo y fuente de divertidos momentos. Me encanta ver a la gente en su ambiente natural. Te abren sin querer una ventana a su interior. Será deformación profesional, que no en vano me he pasado años y años ejerciendo de terapeuta, pero las historias de la gente me apasionan.
Llamé a una puerta y me abrió Juan. Me hizo pasar porque el termómetro marcaba 15 bajo cero y la corriente podía traer problemas mayores. Si no, seguro que me dejaba en la puerta. Su perro ratilla ladraba estridentemente sin cesar. Eso sí, bien pertrechado en el sillón, donde se escondía horizontal y silenciosamente, Juana. Juan me invitó a sentarme en un silla e intentó sin exito que se callase el animal. Juana chilló desde el sillón: "déjale que ladre, qué más da." En cuanto oí su voz no supe quien estaba más rabiosa, si ella o la ratilla que tenía encima.
Pasada la primera página del cuestionario, que Juan pacientemente contestó, Juana se puso en pie y se acercó a nosotros. "Vaya tontería de preguntas," soltó bruscamente, sin haber perdido el tono de hacía unos minutos. "Ya estoy harta, todos los años igual, y total luego seguro que no hacen nada. Y a mí que me importan los peces. No sé ni para qué te ha dejado entrar éste." Sus palabras, eso sí, salpimentadas de improperios en su justa medida.
A Juan se le veía por momentos más avergonzado. Todo lo alto que era se había ido encogiendo poco a poco. Me imaginaba lo que tenía que ser vivir encogiéndose así cada minuto, cada hora, cada día... Tiene que llegar un momento en que uno desaparece del todo. Juan no decía nada, sólo seguía respondiendo atentamente a mis preguntas, nervioso pero educado. Terminé mi cuestionario de tres páginas y me fui, disculpándome educadamente por las molestias. De algo tenían que servir algún que otro colegio de pago en mi infancia. "Ya era hora," fue la seca despedida de Juana.
El lunes, mientras paliqueaba con mi jefe del fin de semana, le comenté por encima mi encuentro con Juana. Sabía que él los conocía. Se rió y me aseguró que Juan pasaría a disculparse un día de estos. No me tuvo mucho sentido el que Juan viniese a disculparse por lo que hizo Juana. Será que veo las disculpas como algo personal e intransferible. Así que olvidé el comentario en cuanto me volví a sumergir en la interminable tarea de poner un poco de orden y concierto en 25 años de papeles y al menos 15 de polvo esparcidos por toda una oficina sin ningún tiop de orden ni concierto.
Esta mañana, a primera hora entró Juan y sin darme tiempo ni a saludarle se acercó a mi mesa e hizo exactamente lo que había pronosticado mi jefe.
"Vengo a disculparme por cómo te trató Juana el sábado," dijo. Parecía un poco más alto que el otro día.
"Gracias, pero no tienes por qué. No me tomé su mal humor de manera personal en absoluto. De todos modos, si alguien necesita disculaprse es ella, no tú, no?"
"Sí, pero ella no vendrá jamás," respondió con una media sonrisa. " A Juana es que no le gusta mucho la gente... Nada le gusta, en realidad... Siempre está de mal humor... Muchas veces no le gusto ni yo," dijo como por encima, mientras se encogía otro poquito. Una pausa, un brillo breve en los ojos y una sabia conclusión: "En el fondo estoy seguro de que lo que le pasa es que no se gusta a ella misma."
"Este me debió ver la cara de psicóloga o algo," pienso sonriendo por dentro, "porque en cinco frases me ha contado media vida.""Tiene todo el sentido del mundo lo que dices. No tiene que ser nada agradable vivir así todos los días."
"No, no lo es," suspira resignado "pero yo fui el que me casé con ella, así que me aguanto."
Siguió un rato más de charla conmigo, me contó cómo es que había ido a parar allí y hasta me enseñó la foto de sus nietos. "Qué casualidad que me preguntes por ellos, precisamente ayer me llegó esta foto." Al ratito llegó mi jefe y después de ponerle al tanto de la razón de su visita, terminaron hablando de sus cosas y yo regresé a mi caos.
De algún modo, Juan me ha llenado la mañana de ternura. Y sin comerlo ni beberlo, me ha llenado también la tarde de risas, de inspiración, y de intimidad. Gracias.
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jueves, diciembre 4
De cambios y ciclos
Me ha costado mucho estas semanas sentarme a escribir o a leer. El blog se siente abandonado y se desborda el reader, pero qué le vamos a hacer. Por un lado, el descalabro emocional y hormonal de hace un mes, que me tuvo comprensiblemente descolocada un par de semanas. Y por otro, el haber comenzado por fin a vislumbrar cual será nuestro siguiente paso una vez que el proyecto que nos trajo hasta este pequeño pueblo perdido en la tundra alaskeña termine el verano próximo. Tener más o menos definido lo que se avecina, dentro de la imposibilidad de definir el futuro, siempre me insufla energía y hace que me arrebaten los aires de renovación. Sobre todo si el cambio apetece, como en este caso.
Nuestro siguiente paso en principio implicaría quedarse en Alaska un par de años más, pero esta vez en la ciudad. Ciudad pequeña, donde es posible seguir disfrutando de la increíble y dura naturaleza de Alaska, pero con las ventajas que posee vivir en un lugar comunicado por carretera con el resto del mundo. Para mí eso significa gente diversa, vida social y profesional, restaurantes, parques, tiendas, clases de danza... Cosas que hoy por hoy me parecen un lujo y que agradezco no haber tenido por un rato para poder apreciarlas aún más.
Así que como anticipio a los cambios que se nos avecinan, he decidido también dejar de ser exclusivamente maruja y madre y ponerme a trabajar en algo que no tiene nada que ver con lo que he hecho estos últimos quince años. Y sí, me lo paso muy bien. El lado Virgo de mi persona disfruta enormemente poniendo orden en el caos. Cuanto mayor sea el caos, mayor el disfrute. Y puedo asegurar que la oficina donde trabajo es caótica hasta decir basta y eso que sólo trabajamos allí diariamente dos personas.
Trabajar en la Alaska rural es una experiencia que vale la pena vivir. Por lo curioso y cuasi surrealista, más que nada. Y sólo llevo una semana. No me puedo imaginar cuando lleve tres meses. Como cuando el primer día mi jefe me dijo que no me estresase por llegar a mi hora a trabajar. Que si quería llegar a y cuarto o a y media, que a él le daba lo mismo. Y no lo dijo en broma, no, que luego me riñó un día por llegar a mi hora. Así que ahora llego tarde por norma. Y luego tampoco es que me deje hacer mucho una vez que llego, porque no para de contarme batallitas. Si simplemente le escuchase, trabajaría como mucho unos 20 minutos de las 5 horas que dura mi jornada laboral. Y eso cuando él se va a dar una vuelta por ahí. O sea, que en realidad me pagan por llegar tarde y no trabajar. Ah sí, y por disfrutar de los amaneceres, que en esta época se ven estupendamente desde mi oficina. Tendré que llevarme la cámara.
Esto de trabajar para otro, que no hacía desde que nació mi hijo, es un cambio enorme también para él. De un día para otro ha comenzado a ir a la guardería y aunque los dos primeros días fueron durillos y el despegue inicial madre/hijo fue lacrimógenamente estándar, ahora lo llevamos estupendamente. Es un cambio positivo para todos y estoy segura de que en un par de meses tendré un hijo totalmente bilingüe, con sus necesidades de socialización medianamente cubiertas. Doy gracias por la enorme suerte de haber podido elegir quedarme con mis hijo en casa los dos primeros años de su vida. He disfrutado cada minuto de estar con él... Bueno no, mientro como una bellaca. He tenido mis malos momentos, pero como al final del día se me olvida todo al irle a arropar y dar un beso mientras duerme, visto ahora parece que sí he disfrutado cada minuto. Y estoy segura de que fue la mejor decisión.
Y como la cosa parece que va de cambios, pues hoy al cielo le ha dado por llover. Así, sin venir a cuento. Dos meses nevando, con un frío de narices que llegó hasta los 34 bajo cero, y de repente un buen día se pone a llover.
Y aún con tanto cambio, y a pesar de la lluvia que no em gusta nada de nada, tengo estos días una agradable sensación de seguridad y confianza que creo que en parte viene dada por la familiaridad del invierno y repetición de toda una serie de experiencias y sensaciones físicas que ya h pasado. Ya no soy novata en esto del invierno de Alaska.
Vivir tan cerca de la naturaleza siempre aporta mayor conciencia del ritmo cíclico de la vida. Y lo mejor de todo es que dentro de esos ciclos repetitivos siempre hay lugar para el cambio constante y el crecimiento.
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sábado, noviembre 8
Despedida
Hace dos días, cuando regresamos a casa después de decirte adiós para siempre, encontramos nuestro mundo cubierto de purpurina. Esa misma que brillaba en el aire hace unos días, hoy parecía haberse asentado por todas partes, conviertiendo lo cotidiano en irreal.
Ayer, en cambio, la nieve volvió a caer, cubriendo la purpurina con un nuevo milagro. De nuevo los copos volvían a ser perfectos, pero esta vez también eran enormes. Se acumulaban unos sobre otros como pequeñas láminas cristalinas caídas en todas direcciones, dando a la nieve una sensación geométricamente esponjosa. Suena curioso, sí. Igualmente curioso se veía.
Estas dos experiencias visuales son poco frecuentes y por ello resulta imposible acostumbrarse a ellas. Lo mismo ocurre cuando no queda más remedio que despedirse para siempre de alguien sin haberle llegado a conocer siquiera. ¿Quién puede acostumbrarse?
Esta despedida ha sido especialmente dura porque a pesar de no conocerte ni haberte aún llegado a sentir, ya había empezado a quererte y comenzaba a hacerte un hueco en nuestra pequeña familia. Hueco que, aunque chiquito como eras cuando te fuiste, será tuyo para siempre por mucho que ya no estés ni vayas a regresar jamás.
Hay muchas maneras de lidiar con la tristeza, cada una de ellas personal aunque a veces transferible. Una de mis maneras es añadirle belleza. La belleza de las cosas pequeñas que se encuentran en todas partes, esas a las que hay que prestar un poco de atención para que no pasen desapercibidas. No la hace desaparecer, pero la transforma y ayuda a hacerla más llevadera.
Igual que no tengo imágenes de la nieve de estos días, tampoco tengo imágenes de tí. Ambas quedáis para siempre en mi memoria. Hasta siempre.
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martes, octubre 28
Cuando brilla el aire
Hay días absolutamente fascinantes en estas latitudes. Por seguir la tónica del post anterior, los llamaré también días de cuento.
Imaginemos como después de un par de días de nevadas intermitentes, todo, absolutamente todo... cada árbol, cada rama, cada brizna de hierba... queda cubierto por una fina capa de nieve seca. Y digo seca porque la temperatura es ya muy baja, 20 bajo cero por las mañanas, y esos fríos secan cualquier cosa.
En cambio hoy, el día amanece totalmente despejado. No hay riesgo de nevadas en el horizonte. Un sol deslumbrante decora un cielo azul intensísimo. Corre una suave brisa helada. Una brisa apenas perceptible. Tan sutil que sin darse uno cuenta, suspende en el aire minúsculos fragmentos de hielo recogidos silenciosamente de las ramas de los árboles.
Los rayos de sol, al acariciar esos finos cristales flotantes, los tranforman en minúsculos arcoiris. Y es entonces cuando brilla el aire. A veces durante todo el día, o incluso hasta dos días. Como si hubiese pasado un hada agitando furiosamente su varita mágica.
Por más que lo he intentado, no he sido capaz aún de recogerlo en una fotografía. Pero es cierto que hay cosas, como dice alguien que yo me sé, que es mejor conservarlas simplemente en la memoria.
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jueves, octubre 23
Nieve de cuento
otros, en cambio, de lado a lado.
Días que nieva de adentro pa' fuera,
y otros que no se sabe ni pa' donde cae.
Hay días que caen copos grandes,
otros, en cambio, pequeños,
También hay días como hoy,
de copos que caen perfectos.
A eso le llamo yo
nieve de cuento.
Y para muestra, un botón.
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jueves, octubre 9
Se acabó lo que se daba
Sí, ya definitivamente, se acabó el otoño. Otoño que, dicho sea de paso, este año ha durado exactamente diecisiete días. Y es que así es la cosa, tanto la primavera como el otoño duran lo que les deja el invierno, o sea, aproximadamente un mes. Semana más, semana menos. Cuando de repente amaneces a 10 grados bajo cero y cae una nevada de palmo y medio en menos de 12 horas, eso es que ya ha llegado de golpe y porrazo el invierno, así sin avisar y por la puerta de atrás. El calendario puede decir misa.
Por suerte, la semana pasada pudimos aún dedicarle unos días a la última de las actividades de subsistencia de la temporada: la recogida de frutos del bosque. Evidentemente nos perdimos lo mejor durante todo el mes de septiembre, pero aún así algo hicimos a finales de agosto y en esta primera semana de Octubre.
Como todas las actividades de subsistencia, ésta también tiene un género concreto. La caza y descuartizamiento inicial del animal es tarea de hombres, luego lo termina la mujer. La pesca también es cosa de hombres, pero la limpieza y preparado del pescado la realizan íntegramente las mujeres. La recogida de bayas, en cambio, es una actividad principalmente de mujeres. Los hombres acompañan para llevar el rifle, por eso de si hay que pelearse con un oso por las bayas.
Al menos eso es lo que hace todo el mundo. Todo el mundo, menos mi amiga Eleanor, por lo que parece. Claro, que de eso sólo me enteré cuando ya no había marcha atrás. "Nadie quiere venir a recoger bayas conmigo porque no llevo hombre ni rifle," me suelta así como si nada, cuando ya era obvio que nuestro galante barquero se había largado con viento fresco y no aparecería hasta pasadas cuatro horas. No, no se le ocurrió avisarme antes de ese pequeño detalle. Así que no me quedó más remedio que hacer de tripas corazón, encomendarme a todas las divinidades del cielo y del olimpo, y enfrascarme en la recolección de arándanos rastreros salvajes y té de tundra mientras miraba por encima del hombro a cada rato. Tuvimos suerte, no vimos osos.
Volví con ella a la tundra otra vez, eso sí, esta vez con mi spray anti-osos en el bolsillo, toda valiente yo. Menos mal que no tuve que utilizarlo, porque seguro que de los nervios hubiese acabado apuntándome a mí misma. Y eso sí que hubiese sido un lío y de los gordos. Con lo que mi temporada de recogida de bayas en la tundra pasó sin pena ni gloria, ni aventuras extraordinarias que contarles a los nietos a su debido tiempo.
Uno de los usos más comunes de las bayas y a la vez postre favorito indiscutible de la gente del lugar es el "akutaq", también llamado helado esquimal. Eso sí, de helado no tiene nada. Los ingredientes son: pescado blanco, arándanos, azúcar, y grasa. Tradicionalmente la grasa que se usa es de animal, pero hoy en día la vida moderna lo ha sustituido por un aceite vegetal sólido de lo más artificial llamado Crisco. Hay gente que considera el akutaq como una exquisitez. Yo, aunque lo he intentado varias veces, lo siento pero no puedo con el Crisco.
Otro plato curioso es el llamado "akutaq de ratón." En este caso, lo que se recogen no son bayas, sino ciertas raíces que tienen un característico sabor muy dulce. Lo curioso es que no se consiguen directamente de las plantas, sino asaltando los nidos de los ratones de campo, que diligentemente las han estado almacenando durante todo el verano. La gente suele coger sólo una parte de lo almacenado por el ratón y en los casos más generosos sustituirlo por otra cosa que también sea comestible para el animal. A David le encantó el año pasado, pero yo no fui capaz de probarlo cuando tuve oportunidad, me daba demasiado asco pensar que ya lo había masticado un ratón. Hoy por hoy, igual me atrevería, siendo que ya estoy bastante más asilvestrada.
Nosotros en casa, no hacemos akutaq, ni le robamos comida a los ratones. Sin embargo hacemos tarros y tarros de deliciosa mermelada de arándanos azules, rojos y negros, frambuesas, y rosa mosqueta. A ver si nos duran todo el invierno.
Y con esto ponemos fin de un plumazo al verano y el otoño en Alaska. Con ellos se van los días largos y la actividad incesante. No ha habido tiempo de despedidas. A veces pasan así las cosas, de golpe, sin lentas y meditadas transiciones.
Este invierno será diferente al anterior en muchos aspectos, aunque no adelantaré acontecimientos. Espero, sin embargo, que sea igual de hermoso y que traiga consigo mucha paz interior y muchas oportunidades de experimentar cosas nuevas.
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sábado, octubre 4
Viajando

No es fácil dar con una manera coherente de expresar los 5.500 km que acabamos de recorrernos como familia. Decir que han sido las mejores vacaciones de mi vida, sólo equiparables en intensidad y belleza a otro viaje que disfruté con mi amiga del alma hace varios años, no expresa casi nada. O lo expresa todo, pero sólo lo entendemos los implicados.
No ha sido sólamente un viaje recorriendo tierras y caminos de varios colores, parajes llenos de historia, de magia, y de inmensa belleza. Ha sido un viaje tan intenso e íntimo en tantos aspectos que me cuesta expresarlo, no me salen las palabras. Ha sido un viaje vivido en un presente que ya es pasado, donde lo que tuvo sentido fue vivirlo y no tanto recordarlo para contarlo. Las palabras nunca le harían justicia.
Cada día vivido y cada sitio visitado eran siempre mejor que el anterior... y eso que el anterior siempre parecía inmejorable al vivirlo y visitarlo. Cada uno de ellos siempre diferente. Cada uno con su propia magia, con su color personal, con sus sorpresas, con su calor... Todos me atraparon en el momento, y todos los disfruté sobremanera. Incluso los caminos que a primera vista parecían más anodinos, escondían sorpresas de innegable belleza. Sólo era cuestión de abrir los ojos.
No quiero extenderme, pero sí mencionar los sitios específicos en los que paramos, por dejar constancia y por si alguno estuviese planeando un viaje por la zona. Los enlaces llevan a más fotos de cada lugar, si a alguien le apetece ver más.
Arches en Utah fue el que primero nos recibió. Con sus piedras horadadas, sus monolitos imponentes, sus colores como fuego...
Canyonlands, muy cerquita, nos dió la primera pista de lo que pueden llegar a ser los cañones en esta zona del mundo. Y resultó que este era "pequeño"... que se lo cuenten a esos minutos de vértigo y taquicardia que pasé mientras pretendía ser valiente.
De ahí a Monument Valley en Arizona hay exactamente la distancia de una siesta larga de mi hijo. ¿Quién no ha visto estos parajes mil veces en películas de vaqueros? Despertar aquí fue indescriptible.
Antelope Canyon es uno de los lugares más hermosos que he visto nunca. Las paredes de este pequeño canón en medio del desierto de Arizona están tan llenas de magia y de suavidad que resulta impactante. Si tuviese que quedarme con un lugar entre todos, escogería este.
El Gran Cañón del Colorado, en Arizona, simplemente quita el hipo. Una diferencia de altitud de 1.500 metros hace que los cañones que agrietan la tierra en surcos cada vez más profundos parezcan totalmente irreales. Era tan exagerado que fue donde nos quedamos menos tiempo y de donde tenemos menos fotos. Curiosamente es el que más gente atrae.
Bryce Canyon, de nuevo en Utah es tal vez uno de los lugares más surrealistas del viaje. Los indios Paiute que habitaban estas tierras se aseguraban de mantenerse siempre bien alejados de este cañón por miedo a que Coyote les convirtiera también a ellos en "hoodoos" o pináculos de piedra, como había hecho con sus ancestros. El primer pionero que se asentó por estos lares en cambio, describió el cañón mucho más pragmáticamente, como "a hell of a place to lose a cow." Vaya, que debió perder una vaca por el cañón, y las pasó putas para encontrarla.
Y para terminar, Zion, también en Utah. Cuando ya parecía que lo habíamos visto todo, nos ofreció nuevos paisajes completamente inesperadas y sorprendentes.
Y ahora, sin más dilación, regreso al presente de nuevo, a mis cabaña calentita y a mis tímidas nieves invernales que ya han empezado a caer en Alaska. Nos vemos desde aquí.
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jueves, octubre 2
El mejor comienzo





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viernes, septiembre 5
Cerrado por vacaciones

Foto de Nihihiro & Shihiro (Flickr)
Me vuelvo a ir de vacaciones. Esta vez son también las vacaciones de David, una de las pocas que nos hemos regalado como familia los tres juntos. Ir a España en Navidad a contrarreloj corriendo de un lado a otro para ver a todo el mundo, no es lo que yo llamo precisamente unas vacaciones relajantes.
Nos vamos a recorrernos medio país en coche, desde Seattle al Cañon del Colorado, pasando por todo tipo de desiertos achicharrantes en Nevada, Utah y Arizona. Me muero de ganas de estar rodeada de tierra roja por unos días, acampando, dedicándome de lleno a la fotografía en uno de los parajes más alucinantes del mundo, y muertita de calor. Será una buena manera de cargar pilas para regresar al invierno en Alaska de nuevo a finales de Septiembre.
Espero volver cargadita de imágenes como la que pedido prestada para poner ahí arriba.
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martes, agosto 26
Cuarenta

La última vez que cambié de década, desperté con una tremenda sonrisa en la boca, feliz de la vida. Hoy no siento esa misma alegría y la echo de menos. Hoy no sé qué siento. Será que me estoy haciendo mayor...
De todos modos, me deseo un cumpleaños muy feliz, me regalo una flor, y sobre todo espero que se cumplan los presagios de todas las mujeres de más de 40 que me han asegurado que ahora empieza lo mejor de la vida.
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lunes, agosto 25
De osos y salmones

"Salmón ahumado"
Aniak, Alaska
Julio 2007
David es como mi telediario particular, siempre dándome las noticias más punteras del pueblo. El otro día me llamó a media tarde. "Oye, que no salgas de casa que hay un oso negro en el ahumadero de la casa de Tamara." Tamara vive a unos cien metros de nosotros... como para salir una vuelta, vamos. Aprovechando que Naím dormía la siesta, me quedé en casa obedientemente, esperando a oir más noticias, y esperando también que al oso no se le ocurriese venirse a zampar las raspas que aún colgaban de nuestro ahumadero, una vez hubiese terminado con el salmón de Tamara. Al rato, lo que oi fueron dos disparos, pero del oso nunca más se supo.
En esta época del año, los ahumaderos son una fuente de olor irresistible para los osos. De hecho fue lo primero que noté cuando regresé de mi viaje a España y eso que no soy osa. Tanto mi marido como mi casa entera olían a salmón ahumado. Es un olor que a mí me gusta mucho, pero vamos, no tanto como para llevármelo a la cama.
El salmón es el protagonista indiscutible del verano en Alaska. Salmones enormes que suben río arriba para ir a desovar y morir en el mismísimo río que los vió nacer. Y anda que no hay ríos por aquí, como para perderse en el intento. Pero no, no se pierden. Una de esas curiosidades fascinantes de la naturaleza.
Mientras estuve en España, David se dedicó a pescar con red con unos amigos y a hacer la parte más pesada del proceso de ahumado, incluyendo el terminar el ahumadero que estaba a medias antes de irme. Pescar con red significa que tiras la red una vez y te subes de golpe unos cuarenta salmones, así tan tranquilamente. Evidentemente, esto sólo se permite a los residentes que hacemos economía de subsistencia. El resto, con caña y de uno en uno.
Dos de mis amigas del pueblo, con muchos años de experiencia en el fileteado y ahumado del salmón, vinieron a ayudarle esos días y de paso enseñarle el método más tradicional de prepararlo. Cortar los filetes en tiras de un par de centímetros de grosor, marinarlos en salmuera durante un rato, colgarlas de palos colocados cerca del techo del ahumadero, y dejarlos ahumar unos diez días. El resultado, indiscutiblemente riquísimo. Y como siempre, no se desaprovecha nada. Incluso las raspas se ahuman para dárselas luego a los perros durante el invierno.
Estos días, en cambio, la que no para de pescar soy yo. Me agarro a Naím y mientras él tira piedras al río y se divierte ayudándome a pescar, yo voy haciéndome con gran parte de nuestra reserva invernal de proteína. Y es que la pescadería de la que disfruto es algo tan excepcional que apetece ir todos los días, incluso si llueve a chuzos. Lo de "ir a por el pescado" se ha convertido en una de mis aficciones favoritas. Y no se me da nada mal, todo sea dicho. Volver a casa cada día cargada con cuatro o cinco salmones enormes es toda una experiencia. Y cuando digo enormes, me refiero a peces que pesan entre cinco y ocho kilos y miden entre sesenta y ochenta centímetros de largo. Vamos, que las sardinas ahora mismo me parecen microscópicas.
Parte de este salmón lo estuvimos ahumando un par de días y luego lo envasamos en botes de cristal. Temo que nos hemos quedado un poco cortos, pero habrá que estirar lo que hay. El resto, lo he ido fileteando y envasando al vacío. Algunos salmones más pequeños los congelamos enteros, la mayoría van fileteados, y los de mejor calidad, cortados en trozos más pequeños para hacer sushi. Vamos, que el congelador industrial que tenemos está ya a puntito de reventar.
Tengo una sensación como un tanto salvaje dentro, que supongo vendrá dada por el hecho de estar matando para comer. Y estar haciéndolo sola y a diario. Confieso que me gusta la sensación. De algún modo, me hace sentir fuerte, y aquí y ahora, esa fuerza es bienvenida.
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viernes, julio 25
Rumores
Los rumores son un fenómeno fascinante. Al menos a mí me lo parece. De un pedacito de información cualquiera se pueden originar las historias más increíbles.
En los pueblos este fenómeno llega a tomar unas proporciones desorbitadas. Pareciera incluso que a menor número de habitantes, mayor número de rumores. Y no sólo en Alaska, no. Es un fenómeno universal que podemos encontrar desde Alaska a la Patagonia y seguramente a la China también. Puede que sea porque la gente no tiene muchos entretenimientos sociales y entonces se entretienen inventando historias sobre los vecinos. O tal vez el estar tan en contacto con la naturaleza desarolla la imaginación de una forma que la gente de ciudad no llega a comprender. O simplemente por fastidiar... No sé cual es la razón, pero el caso es que los rumores suelen dar mucho que hablar.
Cuando uno tiene el privilegio de escuchar un rumor que le implica directa o indirectamente, la diversión suele estar asegurada, siempre y cuando uno se lo tome con humor. Aunque a lo largo de mi vida he tenido la desgracia de ser víctima de rumores crueles, de esos que es mejor perdonar y luego olvidar, en este caso no puedo menos que sonreir ante la inventiva del prójimo.
Ayer tuve la suerte de escuchar uno de los rumores más imaginativos que he escuchado jamás. Los protagonistas de esta historia son nuestros queridos Mortadelo y Filemón. No, no los de Ibañez, sino esas cabritas que fueron tristemente devoradas por un oso hace como un mes o así.
La historia va así.
Un hombre del pueblo, al que llamaremos por ejemplo John Smith, que trabaja en la construcción de la nueva línea de alcantarillado del pueblo, pasó ayer por el trabajo de mi amiga Elisabeth y se puso a hablar con su jefe sobre un extraño fenómeno que acababa de observar en casa de esa gente extranjera y medio rara que viven en la cabaña de troncos de la esquina. Sí, los españoles esos que tienen unas cabras.
Nuestro intrépido John Smith relató como al pasar por casa de los españoles a marcar la entrada de su terreno, había visto a una de las cabras y se había acercado a acariciarla. Al ir a tocarle la cabeza cariñosamente, el pobre hombre dió un respingo y se echó para atrás, medio confundido y a la vez medio asqueado. La cabra en cuestión tenía la tapa de los sesos levantada y recubriendo el cerebro había un pedazo de plástico a modo de casco. Dicho plástico seguramente cumplía la higiénica función de proteger a la cabra de infecciones y otras vainas que pueden derivarse de andar con la masa cerebral al fresco.
Por suerte, el español estaba cerca y John Smith pude preguntarle por qué le habían hecho a la cabra semejante cosa. Aparentemente David, ni corto ni perezoso, despejó todas sus dudas al explicarle claramente que el remover al animal la tapa de los sesos tenía una función muy específica. El plástico sustituiría dicha parte del cráneo durante todo un año, y después de ese tiempo le volverían a colocar la susodicha tapa. Eso aseguraría que la cabra nunca más tendría ganas de escaparse de casa. Desde luego es innegable que esta solución es mucho más práctica y sobre todo mucho más segura para la cabra que una cuerda al cuello o un redil.
Obviamente, en el trabajo de Elisabeth se montó una tremenda algarabía. ¿Sería esto vudú o quizás parte de un ritual satánico? Es de sobras conocido en el mundo entero y parte del extranjero que el vudú es parte integral de la cultura española, igual que los toros, el flamenco, o el ir de tapas. Intentaron por todos los medios convencerla para que viniese discretamente a visitarme con una cámara de fotos para retratar a la cabra en cuestión, a lo cual ella se negó. Pero accedió a preguntarme sobre el tema antes de entrar a clase de yoga es mismo día.
Ahora imaginaos la cara con la que me quedé cuando oí esta historia.
Es cierto que las cabritas tenían algo extraño en la parte frontal de la cabeza. Parece ser que los que crían cabras para uso doméstico, les queman los incipientes cuernos cuando son crías, para que no lleguen a desarrollarlos y así evitar embestidas dolorosas a los humanos. Cuando las cabras llegaron a nosotros ya les habían hecho esto y al cabo de un par de semanas los cuernitos que tenían se cayeron. Debajo quedaron piel y carne en proceso de cicatrización, lo mismo que cuando se cae una costra de una herida.
De esto a agujeros en el cráneo cubiertos con plástico y rituales de vudú, hay todo un mundo. O más bien todo un universo. Uno que realmente no alcanzo a comprender. ¿Por qué necesita alguien inventarse semejante estupidez y esparcirla a los cuatro vientos? Eso sí, me he reído un buen rato a costa de la imaginación ajena, eso desde luego.
No era de esto de lo que quería hablar en mi post de vuelta a casa, pero no me he podido resistir.
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jueves, julio 17
Castiñeiras

Cada vez que tengo la gran suerte de poder pasar unos días en mi lugar favorito del planeta, me asalta algún que otro fantasma del pasado. Cosa por cierto nada infrecuente en mis numerosas vueltas a casa, sea por Navidad como el turrón o en pleno verano como ahora. 
Castiñeiras es un lugar cargado de recuerdos de otra época de mi vida. Anécdotas que me gusta recordar, aunque algunas las haya ido olvidando por el camino. Sensaciones y sentimientos que reconozco como pertenecientes a un pasado clarooscuro y bastante lejano ya. Pero con todo, retazos de una vida que me ha ido conformando como lo que soy. Y que de vez en cuando no viene mal revisar e incluso revivir.
Castiñeiras trae consigo, sobre todo, largas horas perezosas de playa y sol en las que se agolpan los recuerdos. Noches interminables persiguiendo estrellas fugaces y saboreando queimadas en las rocas. Fiestas apoteósicas que aún perduran en la memoria de muchos, incluso en las de aquellos que no asistieron. Desayunos de higos frescos recién cogidos del árbol. Horas y horas recogiendo "coloritos" de entre los granos de arena de la playa. Soledad, lluvia, saxofones... Tiempos lejanos que aún hoy provocan sonrisas y complicidades. Tiempos que están también muy ligados a mi hermano, uno de los cuatro hombres más importantes de mi vida y al que quiero con toda mi alma. Sé que él lo sabe. 
Estos días han sido estupendos aunque muy breves. De todos modos, en Castiñeiras incluso dos meses pasarían volando. El tiempo no ha acompañado demasiado, pero al menos hemos podido bañarnos en el mar unos días. 
Naím y yo hemos disfrutado de la familia a trompicones. Unos días estaba sólo el abuelo, otros estaba sólo el tío, otros días estaban todos, y también nos visitaron por primera vez los cuñados de Madrid... Incluso pasamos un par de días de soledad y lluvia y tuvimos un delicioso encuentro fortuito con Peke, una de las lectoras de este blog.
Aunque me voy de aquí, este lugar se queda siempre dentro de mi corazón. Y un pedazo de mi corazón queda atrapado en la arena, igual que aquella lágrima de la canción. Ahí, entre el granito desmenuzado por el mar, los coloritos y los pedazos de conchas blancas. No puede ser de otro modo.
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lunes, junio 30
Madrid
La etapa madrileña del viaje toca a su fin. Han sido ratos hermosos y muy variopintos, donde en cada casa me he sentido como en la mía propia. Hemos pasado varios días con la yaya, las cuñadas, y mucha piscina para amortiguar un poco el tremendo calor que ha hecho.
Le agradeceré eternamente a la yaya el haberme dado algunos de los pocos ratos de vacaciones que realmente tengo al año. Poder sentarme a leer durante cuatro horas sin interrupciones es un lujo que raramente disfruto en la vida diaria. Naím adora a su yaya y con ella es capaz de olvidarse por un ratito de la mami, que en estos momentos de tanta gente, tanto ajetreo inusual y cinco cambios de cama en una semana, es el único referente estable que posee.
Además de la familia, ha sido también rato de amigos, o más bien de Amigas. De esas con mayúsculas, de las que llevan ahí más de 15 años y seguirán ahí por siempre. De esas que se cuentan con los dedos de una mano.
Tuvimos nuestros momentos de tradiciones africanas...
Nuevos amigos...
Conciertos de jazz en la plaza del pueblo con las cigüeñas en el palco...
Y, cómo no, mucho fútbol. A Naím curiosamente le apasiona y aunque a mí el fútbol me la refanfinfla, siempre me entra el patriotismo en casos de campeonatos internacionales, qué le vamos a hacer.
Mañana cogemos carretera y manta y acompañados por el abuelo que no ha podido resistirse a venirnos a buscar, salimos de camino a Galicia. Esperemos que el buen tiempo nos siga acompañando.
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