martes, octubre 28

Cuando brilla el aire





Hay días absolutamente fascinantes en estas latitudes. Por seguir la tónica del post anterior, los llamaré también días de cuento.

Imaginemos como después de un par de días de nevadas intermitentes, todo, absolutamente todo... cada árbol, cada rama, cada brizna de hierba... queda cubierto por una fina capa de nieve seca. Y digo seca porque la temperatura es ya muy baja, 20 bajo cero por las mañanas, y esos fríos secan cualquier cosa.

En cambio hoy, el día amanece totalmente despejado. No hay riesgo de nevadas en el horizonte. Un sol deslumbrante decora un cielo azul intensísimo. Corre una suave brisa helada. Una brisa apenas perceptible. Tan sutil que sin darse uno cuenta, suspende en el aire minúsculos fragmentos de hielo recogidos silenciosamente de las ramas de los árboles.

Los rayos de sol, al acariciar esos finos cristales flotantes, los tranforman en minúsculos arcoiris. Y es entonces cuando brilla el aire. A veces durante todo el día, o incluso hasta dos días. Como si hubiese pasado un hada agitando furiosamente su varita mágica.

Por más que lo he intentado, no he sido capaz aún de recogerlo en una fotografía. Pero es cierto que hay cosas, como dice alguien que yo me sé, que es mejor conservarlas simplemente en la memoria.

jueves, octubre 23

Nieve de cuento




Hay días que nieva de arriba a abajo,
otros, en cambio, de lado a lado.
Días que nieva de adentro pa' fuera,
y otros que no se sabe ni pa' donde cae.

Hay días que caen copos grandes,
otros, en cambio, pequeños,
También hay días como hoy,
de copos que caen perfectos.

A eso le llamo yo
nieve de cuento.
Y para muestra, un botón.


jueves, octubre 9

Se acabó lo que se daba




Sí, ya definitivamente, se acabó el otoño. Otoño que, dicho sea de paso, este año ha durado exactamente diecisiete días. Y es que así es la cosa, tanto la primavera como el otoño duran lo que les deja el invierno, o sea, aproximadamente un mes. Semana más, semana menos. Cuando de repente amaneces a 10 grados bajo cero y cae una nevada de palmo y medio en menos de 12 horas, eso es que ya ha llegado de golpe y porrazo el invierno, así sin avisar y por la puerta de atrás. El calendario puede decir misa.

Por suerte, la semana pasada pudimos aún dedicarle unos días a la última de las actividades de subsistencia de la temporada: la recogida de frutos del bosque. Evidentemente nos perdimos lo mejor durante todo el mes de septiembre, pero aún así algo hicimos a finales de agosto y en esta primera semana de Octubre.

Como todas las actividades de subsistencia, ésta también tiene un género concreto. La caza y descuartizamiento inicial del animal es tarea de hombres, luego lo termina la mujer. La pesca también es cosa de hombres, pero la limpieza y preparado del pescado la realizan íntegramente las mujeres. La recogida de bayas, en cambio, es una actividad principalmente de mujeres. Los hombres acompañan para llevar el rifle, por eso de si hay que pelearse con un oso por las bayas.

Al menos eso es lo que hace todo el mundo. Todo el mundo, menos mi amiga Eleanor, por lo que parece. Claro, que de eso sólo me enteré cuando ya no había marcha atrás. "Nadie quiere venir a recoger bayas conmigo porque no llevo hombre ni rifle," me suelta así como si nada, cuando ya era obvio que nuestro galante barquero se había largado con viento fresco y no aparecería hasta pasadas cuatro horas. No, no se le ocurrió avisarme antes de ese pequeño detalle. Así que no me quedó más remedio que hacer de tripas corazón, encomendarme a todas las divinidades del cielo y del olimpo, y enfrascarme en la recolección de arándanos rastreros salvajes y té de tundra mientras miraba por encima del hombro a cada rato. Tuvimos suerte, no vimos osos.

Volví con ella a la tundra otra vez, eso sí, esta vez con mi spray anti-osos en el bolsillo, toda valiente yo. Menos mal que no tuve que utilizarlo, porque seguro que de los nervios hubiese acabado apuntándome a mí misma. Y eso sí que hubiese sido un lío y de los gordos. Con lo que mi temporada de recogida de bayas en la tundra pasó sin pena ni gloria, ni aventuras extraordinarias que contarles a los nietos a su debido tiempo.

Uno de los usos más comunes de las bayas y a la vez postre favorito indiscutible de la gente del lugar es el "akutaq", también llamado helado esquimal. Eso sí, de helado no tiene nada. Los ingredientes son: pescado blanco, arándanos, azúcar, y grasa. Tradicionalmente la grasa que se usa es de animal, pero hoy en día la vida moderna lo ha sustituido por un aceite vegetal sólido de lo más artificial llamado Crisco. Hay gente que considera el akutaq como una exquisitez. Yo, aunque lo he intentado varias veces, lo siento pero no puedo con el Crisco.


Otro plato curioso es el llamado "akutaq de ratón." En este caso, lo que se recogen no son bayas, sino ciertas raíces que tienen un característico sabor muy dulce. Lo curioso es que no se consiguen directamente de las plantas, sino asaltando los nidos de los ratones de campo, que diligentemente las han estado almacenando durante todo el verano. La gente suele coger sólo una parte de lo almacenado por el ratón y en los casos más generosos sustituirlo por otra cosa que también sea comestible para el animal. A David le encantó el año pasado, pero yo no fui capaz de probarlo cuando tuve oportunidad, me daba demasiado asco pensar que ya lo había masticado un ratón. Hoy por hoy, igual me atrevería, siendo que ya estoy bastante más asilvestrada.

Nosotros en casa, no hacemos akutaq, ni le robamos comida a los ratones. Sin embargo hacemos tarros y tarros de deliciosa mermelada de arándanos azules, rojos y negros, frambuesas, y rosa mosqueta. A ver si nos duran todo el invierno.

Y con esto ponemos fin de un plumazo al verano y el otoño en Alaska. Con ellos se van los días largos y la actividad incesante. No ha habido tiempo de despedidas. A veces pasan así las cosas, de golpe, sin lentas y meditadas transiciones.

Este invierno será diferente al anterior en muchos aspectos, aunque no adelantaré acontecimientos. Espero, sin embargo, que sea igual de hermoso y que traiga consigo mucha paz interior y muchas oportunidades de experimentar cosas nuevas.

sábado, octubre 4

Viajando




No es fácil dar con una manera coherente de expresar los 5.500 km que acabamos de recorrernos como familia. Decir que han sido las mejores vacaciones de mi vida, sólo equiparables en intensidad y belleza a otro viaje que disfruté con mi amiga del alma hace varios años, no expresa casi nada. O lo expresa todo, pero sólo lo entendemos los implicados.

No ha sido sólamente un viaje recorriendo tierras y caminos de varios colores, parajes llenos de historia, de magia, y de inmensa belleza. Ha sido un viaje tan intenso e íntimo en tantos aspectos que me cuesta expresarlo, no me salen las palabras. Ha sido un viaje vivido en un presente que ya es pasado, donde lo que tuvo sentido fue vivirlo y no tanto recordarlo para contarlo. Las palabras nunca le harían justicia.


Cada día vivido y cada sitio visitado eran siempre mejor que el anterior... y eso que el anterior siempre parecía inmejorable al vivirlo y visitarlo. Cada uno de ellos siempre diferente. Cada uno con su propia magia, con su color personal, con sus sorpresas, con su calor... Todos me atraparon en el momento, y todos los disfruté sobremanera. Incluso los caminos que a primera vista parecían más anodinos, escondían sorpresas de innegable belleza. Sólo era cuestión de abrir los ojos.


No quiero extenderme, pero sí mencionar los sitios específicos en los que paramos, por dejar constancia y por si alguno estuviese planeando un viaje por la zona. Los enlaces llevan a más fotos de cada lugar, si a alguien le apetece ver más.

Arches en Utah fue el que primero nos recibió. Con sus piedras horadadas, sus monolitos imponentes, sus colores como fuego...


Canyonlands
, muy cerquita, nos dió la primera pista de lo que pueden llegar a ser los cañones en esta zona del mundo. Y resultó que este era "pequeño"... que se lo cuenten a esos minutos de vértigo y taquicardia que pasé mientras pretendía ser valiente.


De ahí a Monument Valley en Arizona hay exactamente la distancia de una siesta larga de mi hijo. ¿Quién no ha visto estos parajes mil veces en películas de vaqueros? Despertar aquí fue indescriptible.


Antelope Canyon es uno de los lugares más hermosos que he visto nunca. Las paredes de este pequeño canón en medio del desierto de Arizona están tan llenas de magia y de suavidad que resulta impactante. Si tuviese que quedarme con un lugar entre todos, escogería este.


El Gran Cañón del Colorado, en Arizona, simplemente quita el hipo. Una diferencia de altitud de 1.500 metros hace que los cañones que agrietan la tierra en surcos cada vez más profundos parezcan totalmente irreales. Era tan exagerado que fue donde nos quedamos menos tiempo y de donde tenemos menos fotos. Curiosamente es el que más gente atrae.


Bryce Canyon
, de nuevo en Utah es tal vez uno de los lugares más surrealistas del viaje. Los indios Paiute que habitaban estas tierras se aseguraban de mantenerse siempre bien alejados de este cañón por miedo a que Coyote les convirtiera también a ellos en "hoodoos" o pináculos de piedra, como había hecho con sus ancestros. El primer pionero que se asentó por estos lares en cambio, describió el cañón mucho más pragmáticamente, como "a hell of a place to lose a cow." Vaya, que debió perder una vaca por el cañón, y las pasó putas para encontrarla.


Y para terminar, Zion, también en Utah. Cuando ya parecía que lo habíamos visto todo, nos ofreció nuevos paisajes completamente inesperadas y sorprendentes.


Y ahora, sin más dilación, regreso al presente de nuevo, a mis cabaña calentita y a mis tímidas nieves invernales que ya han empezado a caer en Alaska. Nos vemos desde aquí.

jueves, octubre 2

El mejor comienzo



Recién estrenadas nuestras esperadas vacaciones,


lo primero que hago es desaparecer del mundanal ruido


a refugiarme en el silencio.


Tres días de soledad en uno de mis lugares favoritos del planeta


fueron el mejor regalo de cumpleaños del mundo.


Gracias chicos