miércoles, febrero 27

De la gente y sus historias



"Stop"
Aniak, Alaska
Enero 2008


Llevo unos días sentándome a escribir y sintiéndome bloqueada. Entre otras cosas estuve un poco confundida, sin saber muy bien para quién o para qué estaba escribiendo. Fue necesario retroceder hasta mi primer post para recordar que mi intención inicial al abrir el blog había sido la de intentar aprender a amar este lugar al que la vida, en uno de sus insondables toques de gracia, me había trasplantado.

Cuando llegamos aquí hace aproximadamente un año, una de las cosas que más nos llamaron la atención desde el primer momento, fue la cantidad de tiempo que dedican al día una gran parte de los kass’aqs del pueblo (esos somos nosotros, los blancos) a criticar a los nativos de la zona. Los acusan de borrachos, violadores, vagos, maltratadores, jugadores… Pueden pasarse horas simplemente poniéndolos verdes y parecen disfrutar con ello. Lo más triste de todo, es que a un gran porcentaje de la población nativa, estos adjetivos les sientan como anillo al dedo.

De los nativos en cambio, nos impactó esa forma de mirar sin verte, con la que hacen obvia su total falta de interés en tu persona. Ellos, a su vez, también pasan sus buenos ratos poniendo verdes a los kass'aqs y culpándonos de todos sus males. Nada sorprendente, por otro lado. No creo que haga falta recordarle a nadie la fama que nos hemos currado por el mundo adelante los kass’aqs. Pero sí es cierto de que en ocasiones, sus razonamientos son sorprendente y casi me atrevería a decir que hasta graciosos, si las consecuencias que emanan de culpar al otro y no tomar responsabilidad personal no fuesen tan dramáticas.

He estado leyendo un librito escrito por un tal Harold Napoleon (nombre curioso para un nativo Yup’ik donde los haya). El libro se titula “Yuuyaraq: The Way of the Human Being.” Harold es un hombre que durante los cinco años que pasó en la cárcel por haber matado a su propio hijo una noche de borrachera, consiguió unir bastantes de las piezas que forman el rompecabezas de esta sociedad traumatizada que son los Nativos de Alaska.

Una mezcla de hechos históricos traumáticos y respuestas emocionales a esos traumas han conformado la sociedad nativa de Alaska de hoy en día. Hechos como las epidemias de principios del siglo XX que diezmaron la población, reduciéndola en un 60%; la posterior educación de los niños nativos a manos de misioneros cristianos en colegios e internados donde se les prohibía hablar Yup’ik y se les enseñaba que sus rituales espirituales tradicionales eran satánicos; y la firma del Alaska Native Claims Settlement Act, por el cual en 1971 el gobierno de EEUU compró a los nativos el derecho de uso de sus tierras aborígenes, donde coincidentemente habían encontrado petróleo a espuertas, son tres grandes ejemplos de pérdidas traumáticas que ha sufrido este pueblo a lo largo del siglo pasado. Pérdida de familias y aldeas enteras, de su cultura y su espiritualidad, y de gran parte de sus tierras. Pérdidas que dieron como resultado una generación traumatizada, avergonzada de sus orígenes y de sí mismos, y que acarreaba un gran sentimiento de culpa.

Todo trauma trae consigo una gran marea de sentimientos (tristeza, miedo, culpa, vergüenza, inseguridad, falta de motivación...). Si a estos sentimientos post-traumáticos se une el silencio, aparece como resultado tanto la transformación de dichos sentimientos en una agresividad internalizada, como su repetición automática de generación en generación. Los Yup’ik son gente callada, sin costumbre de hablar de sentimientos ni de las cosas malas que han ocurrido. Aún hoy en día, los ancianos recomiendan a los jóvenes “nallunguarluku,” o sea, que pretendan que no ha pasado nada.

Si al trauma sufrido en silencio se le añade alcohol y drogas como vía de evasión de la realidad, esa agresividad internalizada termina expresándose sin control, normalmente hacia aquellos que están más cerca. Si además tenemos en cuenta la existencia de aproximadamente un 90% de paro, muy pocos recursos laborales en la zona, y las necesidades básicas cubiertas por el estado, nos encontramos que a todo lo anterior se unen la desesperanza, la desidia, y la falta de iniciativa.

Es obvio que estoy hablando en términos generales, y que hay nativos con ganas de que su pueblo salga del hoyo en el que se encuentra y luchando por conseguirlo. Pero también es cierto que la Alaska rural tiene uno de los mayores porcentajes de suicidio de todo el país; que sufre un problema de alcoholismo que ha llevado a muchas aldeas a votar a favor del establecimiento de la ley seca total o parcial (en Aniak, por ejemplo, hay una ley parcial, se puede consumir alcohol, pero en el pueblo no se vende); y que la violencia doméstica, el maltrato y el abandono infantil, los abusos sexuales, el embarazo adolescente, y el paro están a la orden del día.

Han sido víctimas. Víctimas de desastres naturales, de pérdidas devastadoras, de alcoholismo y drogadicción, de violencia y abusos… de traumas que vienen de lejos y que se mantienen vivos con la ayuda del silencio y el alcohol. Durante generaciones unas víctimas han reemplazado a otras, el abusado se convierte a su vez en abusador, mientras sigue siendo víctima de otros a la vez que de sí mismo. Es un círculo de abuso que da mil y una vueltas enmarañándolo todo.

Después de trabajar durante diez años con una gran cantidad de víctimas de todo tipo, intentando ayudarles a salir del hoyo y encontrar la dignidad y la autoestima que habían perdido por el camino, soy capaz de entender y reconocer el ciclo de abuso. Y por eso mismo también soy consciente de que abusador y víctima son dos caras de la misma moneda y que es importante y necesario culpar a los culpables en voz alta y quejarse de los abusos que uno ha sufrido. Pero también es importante y necesario que la víctima sea capaz de salirse de su papel de víctima y pueda reconocer claramente su contribución a la dinámica del abuso, responsabilizarse de sus propias acciones y tomar parte activa en el proceso de cambio. Sólo entonces será realmente posible la sanación.

La cultura tradicional Yup’ik merece mi más profunda admiración. Es un pueblo fuerte, que ha sobrevivido durante siglos en las condiciones climáticas más adversas, en comunión profunda con la naturaleza. Esa cultura se basaba en un gran respeto a los ancianos y la espiritualidad impregnaba todos los aspectos de su vida. Pero esa cultura, como tal, ya no existe.

Hoy en día, las nuevas generaciones no respetan ni a su abuela, se roban, violan y matan unos a otros, y serían incapaces de vivir sin su televisión, su consola, su moto de nieve, su quad, y su calefacción de petróleo, todo ello subvencionado de un modo u otro por el estado. No tienen mi respeto ni mi aprobación, aunque sí mi comprensión.

Estos días no ha sido fácil encontrarle el lado amable a este pueblo. He tenido la desgracia, o la suerte, según se mire, de verle realmente las tripas a esta esquinita del mundo. Viejas rencillas ya podridas entre familias de la zona… manipulaciones descaradas de información para beneficio de unos y probable detrimento de otros… el racismo devastador que impera en la zona...

Dentro de todo lo malo, ha sido hermoso constatar que alguna gente todavía conserva el sentido común tanto en la cabeza como en el alma. Un puñado de ellos han sabido demostrar que han logrado conservar (o rescatar) la sabiduría que proporciona el contacto íntimo con una espiritualidad ancestral. Ha sido un puñado tristemente pequeño, pero existente al fin y al cabo... Y de ahí es del único lugar posible del que emana la esperanza.


"It is time we bury the old culture, mourn those who died with it, mourn with those who survived it... We have been wandering in a daze for the last 100 years... Now we have to stop, look at ourselves, and... press on together, free of the past that haunted us... free to become what we were intended to be by God."

Harold Napoleon




((Si alguno ha leído hasta aquí, enhorabuena. Hoy se me ha ido un poco la mano, pero es que tenía este post atravesado como una espina en la garganta.))

martes, febrero 26

Uy!




Para aquellos que hayais tenido la desgracia de recibir en vuestros feeds el batiburrillo de palabras sueltas y mal escritas, y retazos inconexos de pensamiento que se me han escapado al espacio sideral sin saber cómo ni porqué, os va una disculpa.

Parece que va a ser mejor que los borradores los escriba en otro lado...

Y la ansiedad que me ha entrado, diosmiodemivida... pánico escénico total!!!!!!!!

Si es que esto de la fama no da más que disgustos :)

lunes, febrero 18

Arte... sana...




"Dunas"
Aniak, Alaska
Febrero 2008


Hoy ha comenzado un veranillo invernal. De esos que allá son propiedad de San Martín y acá creo que no los rige santo alguno. Hemos alcanzado cuatro grados. Sobre cero, sí, sobre cero. Estupendo para estar fuera y poder por fin disfrutar, que no sufrir, el aire frío en la cara.

Ya nos tocará protestar este calor dentro de unos días, cuando ese metro y pico de nieve que ahora se derrite tan alegremente, vaya generando una capa de hielo que irá haciéndose más gruesa a medida que las temperaturas bailen de uno a otro lado del cero. El pueblo se transformará durante unos días en una inmensa pista de patinaje, hasta que vuelva a nevar de nuevo. Es una pena no haber aprendido a patinar sobre hielo cuando era niña. Lo bien que me vendría ahora.

La gente en el pueblo ya está empezando a hablar de lo que será el deshielo dentro de un par de meses, con tanta nieve que hay. Barrizales tremendos e inundaciones más que probables. Y como en tierra de tundra, agua estancada = mosquitos, podemos estar casi seguros de que habrá muchos, muchos mosquitos. Creo que aún no me hago a la idea de la cantidad de mosquitos que puede llegar haber en este pueblo. Yo que el año pasado ya pensaba que había demasiados. Y la gente que se reía y decía que era el verano con menos mosquitos de los últimos cien años.

Pero bueno, ya llegará el verano y ya nos vestiremos con mosquiteras en la cabeza cuando nos toque el turno. Y es que yo hoy no venía a hablar del tiempo.

Con el frío y la oscuridad que imperan por estos lares durante los meses invernales, es imposible no pasar mucho tiempo dentro de casa. Dentro de la tuya o de la de la vecina, pero dentro. Antaño, durante el invierno, las familias dedicaban muchas horas al día a contarse historias los unos a los otros, a través de la palabra o la danza. Hoy en día, con las prácticas tradicionales tan en desuso, es la tele quien cuenta la mayoría de las historias, pero algunos todavía siguen buscando reunirse para pasar el rato, compartir conocimientos varios y de paso mantener vivas algunas tradiciones a través de la artesanía.

Mi aportación a la lucha contra el letargo invernal fueron clases de yoga gratuitas. No soy profesora ni nada, pero con la inestimable ayuda de mis yoguis favoritas desde el otro lado de esta pantalla y mi propia experiencia con el yoga y la danza durante bastantes años, logré montar unas clasecillas que ofrezco todos los lunes por la tarde. Eso sí, mientras no baje el termómetro de 30 bajo cero, que no me enciende el quad. Gracias a estas clases, empecé a hacerme amiga de la mujer que lleva la oficina de correos en el pueblo. Es india, de la tribu Athabascan que son los que viven por aquí junto a los esquimales Yup'ik. Muy maja, en verdad, de la gente más maja del pueblo.

Esta mujer me vió un día pasando apuros mientras le cosía unos guantes de piel a mi hijo. Por lo visto estaba cosiendo la piel a contrapelo, así que me dijo que algún día me enseñaría a hacerlo a la manera tradicional, como agradecimiento por las clases de yoga, a las que viene siempre que puede. Esta mujer es toda una artista. Hace unos trabajos de artesanía preciosos. Fabrica especialmente prendas de abrigo que llevan haciéndose en su familia durante generaciones. Gorros, guantes, mocasines y mukluks, las típicas botas esquimales. Usa fundamentalmente pieles y huesos de los animales de la zona, además de los típicos abalorios universales. Sí, esas bolitas minúsculas que sirven para hacer todo tipo de ornamentos, y que curiosamente usan la gran parte de las etnias del planeta para fabricar artesanía, desde los Maasai de Kenia, hasta los Yup'ik de Alaska, pasando, como no, por los hippies del Rastro.

Hoy me volvió a hablar del tema, así que mañana por la tarde me reuniré con ella y un par de mujeres más, y pasaré un par de horas reconectando con viejas aficciones que tenía medio olvidadas. Y es que yo hace muchos años me pasaba horas haciendo bolsos, carteras, y todo tipo de cosas en cuero. Me encantaba todo lo que fuese trabajar con mis manos y crear cosas hermosas.

En estos últimos meses estoy logrando despertar mi lado creativo de nuevo: retomando la fotografía y el trabajo artesanal con piel, iniciándome de manera totalmente autodidacta en la escritura a través de este blog, y estirando y fortaleciendo mi cuerpo de manera regular gracias al yoga (que es lo más parecido a bailar que hecho en un tiempo).

En cierto modo esta temporada en Alaska está siendo como una vuelta atrás. Un paseo a modo de repaso de vida que me está dando la oportunidad de rescatar aquellas cosas que durante los años me han hecho sentir viva y que se me habían quedado olvidadas aquí y allá por el camino. A la vez, una vuelta a los orígenes, al contacto con la naturaleza, a aquellos tiempos en que no te quedaba otro remedio que ser lo más autosuficiente posible. Tiempos en los que cazabas tu alimento, te fabricabas tu propia ropa, y hacías tú mismo el pan, la pasta, la mermelada, y tantas otras delicias culinarias que hoy simplemente se compran en la tienda.

A veces, tomarse un tiempo para echar la vista atrás y rescatar según qué cosas, ayuda a seguir hacia delante con más fuerza y alegría de vivir. Si en Aniak además hubiese caballos, ya es que sería imparable.

martes, febrero 12

Frío... mucho frío...



"Camino a casa"
Aniak, Alaska
Enero 2008

A 40 grados bajo cero, la vida se ralentiza. Bueno, rectifico, mi vida se ralentiza, porque en el pueblo, hasta que no estemos a 50 bajo cero, la vida seguirá desarrollándose normalmente. Las escuelas seguirán abiertas, y la tienda, la clínica y correos también. Una vez superada la barrera de los 50 bajo cero, ya son más los que se quedan en casa, los niños ya no van al cole, y sólo los coches con las baterías más nuevecitas y resistentes se dignan a encender motores.

Llevo varios días sin apenas salir más que a por leña y a dar algún paseo muy cortito. Y es que las temperaturas andan bailando entre los 30 y los 40 bajo cero desde hace casi un par de semanas. Mi medio habitual de transporte, el quad, dice que no arranca pasados los 30 bajo cero. Y caminando aguanto lo suficiente como para llegar hasta la casa de la vecina antes de empezar a preocuparme de si mi hijo se estará quedando tieso ahí detrás en la mochila. Aún no estoy muy acostumbrada al frío y mi resistencia es pequeña en comparación a los autóctonos del lugar. Hay que tener en cuenta de que este es mi primer invierno en Alaska.

Desde luego, abrigarse bien es primordial. En invierno aquí no usas ropa de abrigo, sino equipo de alta montaña. Por supuesto, nada de ropa de algodón, que es lo peor para el frío, siempre lana o ropa sintética que retienen mejor el calor, cosa que he aprendido a golpe de congelamiento. Eso sí, varias capas de ropa siempre, estilo cebolla, para írtelas quitando y poniendo según el sitio a donde vayas, la calefacción que tengan, y el tiempo que pienses quedarte. Pantalones de nieve por encima de los otros, ya que las faldas en estas latitudes no tienen demasiado éxito. Botas de las que te venden como que aguantan 70 grados bajo cero, que es mentira, pero así te aseguras de que a 30 bajo cero tienes los pies calentitos. Y el parka o plumas ha de ser de los mejores del mercado porque si tiras por lo barato o lo estiloso, corres el riesgo de morir congelado.

Rematan el tocado un buen gorro de pieles, máscara para la cara, bufanda sobre la máscara, bien subida hasta los ojos, y un par de pares (no es una errata, son un par de pares) de buenos guantes. Básicamente lo único que queda al descubierto son los ojos, siempre y cuando vayas caminando y no haga viento. Si no, añádele al conjuntito unas buenas gafas de esquí, a ser posible que no empañen demasiado.

Puedo asegurar que lo peor de todo no es intentar moverse con un mínimo de garbo y salero con todo el equipo encima, sino sobrellevar el proceso de vestirse de tal guisa estando dentro de casa. Con tanta vestimenta, cuando por fin estás listo para salir a la calle, estás sudando como un pollo. No, y no vale esperar a salir fuera para colocarse la bufanda, la máscara, el gorro y los guantes, porque a 40 bajo cero, para cuando toca ponerse los guantes, ya tienes las manos heladas y puedo asegurar que no hay modo de que se vuelvan a calentar.

Hay un fenómeno muy curioso que ocurre pasada la barrera de los 20 bajo cero, al que te acostumbras rápido, pero que de entrada resulta una sensación física muy peculiar. A esto sí me he acostumbrado ya y me da hasta cosquillas. Con cada inhalación se congela la nariz por dentro y con cada exhalación se descongela. Me resulta difícil describir la sensación porque no he experimentado nunca nada que se le parezca, pero es literalmente como si el interior de la nariz quedara recubierto de una fina capa de hielo que se resquebraja si mueves la nariz como un conejito. Ahí es cuando da cosquillas. A estas temperaturas hay por narices que respirar por la idem, porque así el aire llega a los pulmones un pelín más calentito que haciéndolo por la boca. Y cualquier pizquita de calor es vital.

Hoy nos hemos despertado a 39 bajo cero, pero son las 4 de la tarde y estamos ya a 19 bajo cero. ¡Veinte grados en 8 horas! ¡¡¡Señoras, señores, esto es el anticiclón de las Azores!!! Y dicen los optimistas que las temperaturas se van a quedar por aquí, al menos unos días. Si es así, podremos volver a salir a esquiar un rato, darnos una vuelta en moto de nieve, o acercarnos hasta el río y volver a cruzarlo sin temor a quedarnos congelados por el camino. Por favor, por favor, por favor, por favor...

Desde luego, es difícil negar que todo es relativo, y la manera en que juzgamos lo que percibimos (sean eventos, personas, objetos o cualquier otra cosa) siempre depende del cristal con que se mire y también, por qué no, la latitud en la que se vive. Porque a ver quién me iba a decir a mí que un día iba yo a considerar 15 grados bajo cero una temperatura ES-TU-PEN-DA.



PD: Gracias Anna, por darme un premio bloguero. Os lo reparto a todos los que pasáis por aquí, y es que no soy muy de seguir según qué normas :) Y gracias Patricia. El tuyo es un regalo, no tiene normas, y es un cuadro hecho por tí, lo cual lo hace super especial y me apetecía presumirlo por ahí. Gracias a las dos.

jueves, febrero 7

Cercanía



"Cuentos a media tarde"
Amiak, AK
Julio 2007


Solía ser que cuando uno cogía las maletas y lo dejaba todo para irse a algún lugar lejano, el lugar de acogida se definía claramente por ese adjetivo. Era lejano. Tal vez incluso muy lejano, otro mundo. Solía ser también que el único medio de comunicación era el correo, y que las cartas a veces tardaban años en llegar. Eso si llegaban. Luego, con los anõs y el uso más generalizado del teléfono, empezamos a poder hablar directamente con los seres queridos. Tardabas horas en conseguir conferencia internacional y cuando finalmente funcionaba la línea no se sabía cuándo duraría la conexión, pero ya era mucho. De todos modos, solía ser que si estabas lejos, estabas lejos y la distancia era patente.

Hoy en día, con todos los inventos tecnológicos que han pasado a formar parte de nuestra vida diaria, esas distancias de antaño han dejado definitivamente de existir. Y el gran culpable de que ese cambio esté siendo tan drástico es, sin duda, Internet.

Para empezar, si no fuese por Internet, yo no hubiese nunca conocido a David. Si no fuesa por Internet, David nunca hubiese encontrado este trabajo en Alaska. Y si no fuese por Internet, yo nunca hubiera asentido a dejar mi vida en la ciudad y mudarme a Aniak.

Venirme a un pueblito al borde de la tundra del suroeste de Alaska no era algo que yo imaginaba que me depararía el futuro. Un pueblito donde vivimos 527 de las 13.000 personas que habitan en la cuenca del Kuskokwim, cuya extensión es aproximadamente la mitad de España y donde lo más fácil es sentirse aislado e incomunicado. Un pueblito donde no hay móviles porque la cobertura queda a muchos cientos de kilómetros de distancia. Un pueblito a donde sólo llega una emisora de radio, la KYUK de Bethel, que se me hace medio surrealista porque mezcla la música de mi adolescencia (Sex Pistols, AC/DC, Led Zeppelin...) con largas y pausadas charlas en Yup'ik, idioma que no entiendo. Un pueblito al que no nos hemos traído una tele porque ya hace años que no usamos. Un pueblito que en definitiva está lejos. Muy lejos. No de Siberia por supuesto, Siberia está a un par de horitas en avioneta. Pero sí de toda la gente que amo, de todo lo que conozco, y de todos mis otros sitios favoritos del planeta.

Por suerte, en ese pueblito lograron poner conexión a Internet vía satélite 3 meses antes de nuestra llegada. Y de repente ese pueblito ya no parece estar tan lejos. Desde ese pueblito perdido en el medio de una de las más vastas extensiones de naturaleza salvaje que existen en el planeta, abro ventanas a otros mundos cada día. Se me cuelan en casa mis amigos a charlar por las mañanas, aparece de pronto el abuelo a disfrutar un rato de la sonrisa de su nieto, se pasa la yaya a cantarle unas canciones a Naím en la cocina, saludo a unos y a otros cuando me los encuentro por las calles virtuales, encuentro retazos de otras vidas que no conozco en persona pero con los que disfruto leyendo...

Y aunque es cierto que los sentidos del tacto, gusto y olfato no pueden explayarse en la presencia de los que estando lejos están a la vez tan cerca, la vista y el oido sí pueden. Y ya que parece que poco a poco vamos añadiendole sentidos a la experiencia de la distancia, quizá un día terminemos por poder oler, saborear y tocar a los que tenemos lejos. Quién sabe.

De todos modos, hoy en día y aunque incompleta la experiencia, la compañía la siento muy real y la sensación de soledad y lejanía se hacen menos intensas. Gracias por estar ahí.

domingo, febrero 3

¡Prueba superada!



"Autopista de hielo"
Aniak, Alaska
Enero 2008


Ayer hice aquello que pensé tardaría meses (o años, tal vez) en atreverme a hacer. Fui capaz de cruzar el río en el quad sin morirme de miedo. Así dicho, a voz de pronto y sin pensar, no suena tan terrible. Pero si piensas que debajo de esa capa de hielo, que puede llegar a medir un metro de espesor, corren las aguas del Kuskokwim, el río libre más largo de los EEUU, la verdad es que la cosa impone un poco. Confieso que durante unos segundos el corazón casi se me sale del pecho al darme cuenta de que ya no pisábamos tierra firme, pero me recompuse en un periquete.

A estas alturas de año, el agua está lo suficientemente helada como para que gran parte del río se use como autopista. Es el único momento del año en que se puede salir del pueblo e ir a alguna parte sobre ruedas. En el verano puedes desplazarte en barca, pues alrededor todo es agua. Y durante las épocas de helada y deshielo, no te queda más remedio que quedarte quietecito en un sitio calentito y con comida, porque no se puede ir a ninguna parte fuera del pueblo.

Por el río circulan motos de nieve, quads, camionetas, y hasta camiones y máquinas quitanieves. Pero aunque este dato aporta una cierta seguridad al novato o novata de turno (léase nosotros), lo cierto es que aquí y allá hay zonas de agua abierta y hay que saber reconocerlas para poder evitarlas. Y como todo el mundo en el pueblo parece tener alguna historia truculenta sobre aquel día en que se les rompió el hielo en el río y salvaron el pellejo milagrosamente, la seguridad que aporta el dato previo se hace añicos en un momentito. También es cierto que un gran porcentaje de los accidentes que ocurren vienen acompañados de nocturnidad, alevosía y alcoholismo, pero sigue imponiendo un gran respeto aun yendo completamente sobrio a plena luz del sol.

Estoy muy orgullosa de haber superado uno de mis grandes miedos en este rincón del mundo. Una vez más compruebo aquello de que ganamos en valor cada vez que hacemos aquello que nos atemoriza. No nos despertamos un día por la mañana sintiéndonos valientes porque sí, sin más. Es necesario reducir el espacio mental que ocupan los miedos y su verborrea incesante en nuestra cabeza, porque eso ayuda a que nuestra energía pueda transformarse en acción. Sucumbir al miedo sólo favorece la retroalimentación del mismo, lo cual suele tener un efecto paralizante. Y con este frío, lo de quedarse quieto no es buena idea.

Así que cuando esta mañana, y casi podría decirse que para celebrarlo, al mirar el correo, veo que desde el blog de Fini me han dado un premio bloguero, sonreí para mis adentros.


Río helado, blog... qué más da, es todo parte de la misma conspiración universal. Me gustan estas coincidencias que tiene la vida.

Por cierto, el premio que me han dado os lo entrego yo a todos y cada uno de vosotros que pasáis por aquí. Porque a todos os he leído en mayor o menor medida y a todos os agradezco la compañía y la inspiración en estos momentos.